Los libros son la puerta de entrada a todo un mundo de conocimiento y fantasía. Por eso cuanto antes podamos penetrar en ese universo mucho mejor. Enseñar a leer a nuestro hijo antes de que aprenda en la escuela no
es ni descabellado ni temerario: él puede aprender a leer si nosotros le ayudamos y nos lo pasamos bien haciéndolo. Además, vivir el descubrimiento de la lectura con nuestro hijo es una experiencia muy satisfactoria que estrechará los lazos afectivos de todos.
Los bebés aprenden a hablar, a andar, a correr, a relacionarse con el mundo a lo largo de los tres o cuatro primeros años de vida. Sus capacidades psicofísicas se lo permiten. De la misma manera pueden aprender a leer. Lo único que tenemos que comprobar es que nuestro hijo tenga la madurez evolutiva necesaria
para poder incorporar este aprendizaje, en principio complejo.
Para que nuestro hijo aprenda a leer debemos tener siempre en cuenta:
Los intereses del niño: temas que le motiven.
Letras grandes y de color rojo para empezar.
La repetición diaria de los grupos de palabras, sesiones cortas pero frecuentes, etc.
Una actitud de entusiasmo, buen humor y confianza en las capacidades del niño.
El aprendizaje de la lectura sigue el mismo método que el del aprendizaje de la lengua materna, basado en la repetición de las palabras que forman el vocabulario básico y habitual de nuestro hijo.
Las
ventajas de la lectura en edades tempranas son considerables:
Accede antes al conocimiento y la imaginación.
Se siente más seguro de sí mismo y más motivado para el aprendizaje.
Se establece una relación muy intensa entre los padres y el hijo al compartir un aprendizaje que amplía la creatividad del niño y mejora su autonomía personal.
Los lectores precoces son posteriormente lectores más competentes.